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04 octubre 2011

La Biblia de las Américas

Autor: Judith T. Roiz.


No recuerdo exactamente en qué momento comencé a pensar que en alguna parte tenían que existir registros religiosos de los antiguos pueblos de América; sólo sé que, después de años de investigación religiosa, descubrí en mí esta convicción.

Desde que era niña había asistido a una iglesia protestante, pero en mi adolescencia ya rechacé la idea del Dios rencoroso y vengativo que me habían enseñado y empecé a tratar de encontrar la verdad por medio de un estudio personal que estaba basado en la Biblia y que duró cinco años. Yo estaba segura de que este libro sagrado tenía que contener los principios de la verdadera Iglesia.

Estudié, además, libros donde esperaba encontrar respuesta a la pregunta que me tenía perpleja: "¿Cuáles serían las características temporales y espirituales de la Iglesia verdadera?"

Esto era para mí como un rompecabezas, donde cada respuesta que pudiera encontrar sería otra pieza para llegar a la solución final; sentía que era importante que hallara esas piezas, porque mediante ellas me sería posible reconocer aquello que tan desesperadamente andaba procurando. Además de estudiar, traté de conocer personas que estuvieran interesadas en ciencia, historia y religión, y hablé con ellas respecto al tema que me intrigaba.

Por alguna razón que desconocía, me fascinaba el estudio de las civilizaciones antiguas, las pirámides de Egipto y las ruinas de América. ¿Cómo habían podido los mayas desarrollar su calendario? ¿Dónde se originaron los incas? ¿Sería Colón el primer hombre que había venido a América? 

Encontraba yo demasiada evidencia de un intenso intercambio entre el Viejo y el Nuevo mundo como para creer esto. Después de leer escritos antiguos de historia y religión, me convencí de que Cristo no había limitado a los judíos su ministerio terrenal; y, aunque parecía extraño, empecé a sentir intenso interés por los antiguos pueblos que habían habitado América. Poco a poco llegué a pensar que en alguna parte tenía que existir lo que yo llamaba, a falta de un mejor nombre, una "Biblia de América". Sin embargo, no lograba encontrar muchos escritos antiguos de sus primeros habitantes, porque los españoles los habían destruido todos en la época de la conquista. No obstante, no podía dejar de pensar en lo curioso que resultaba el hecho de que los indios americanos hubieran recibido al conquistador español como el ''Dios blanco que vendría desde el Este".

Hacia el final de mi larga búsqueda y después de todo lo que había leído, tenía una idea bastante definida de algunos de los principios que debería enseñar la verdadera Iglesia:

Tendrían que enseñar que Dios el Padre es un Dios de amor; el Espíritu Santo debería ser parte activa de la fe; la Iglesia tendría el poder de sanar al enfermo y consolar al afligido; enseñarían que hay otra vida después de la muerte; tendrían el don de profecía; presentarían una explicación lógica del Libro de las Revelaciones (Apocalipsis); enseñarían que las verdades científicas y las religiosas, lejos de ser contrarias, se complementan unas a otras; tendrían que creer que hay otros mundos como el nuestro, donde existe la vida; y algunos otros principios que no mencionaré aquí.

Por entonces, segura ya de que gran parte de la verdad religiosa no se encontraba en la Biblia que conocemos hoy, decidí concentrarme en el estudio de las civilizaciones Inca, Maya y Azteca, donde tenía la certeza de poder encontrar la clave de la religión verídica, si tan sólo pudiera aprender a descifrar los códigos del lenguaje. Nunca me pude explicar porqué habría yo de empeñarme en algo semejante, cuando durante siglos los eruditos lo habían intentado sin mayores éxitos. No obstante, compré dos libros en desuso, uno sobre idiomas y otro sobre lenguas antiguas, y empecé a estudiar los jeroglíficos egipcios. 

Pienso que fue en aquel momento que el Señor decidió mostrarme su misericordia. A medida que estudiaba, iba anotando lo que yo consideraba serían las características de la Iglesia verdadera, y de
cuando en cuando llamaba a una buena amiga para compartir con ella mis conceptos. Cada vez que le nombraba una condición que "mi" Iglesia tendría que reunir, ella me respondía: "¡Pero si eso es lo que los mormones creen!" o "Lo que me dices parece doctrina mormona". 

Es extraño, pero en toda mi búsqueda nunca me había puesto en contacto con alguien que perteneciera a la mencionada fe.

Después de algunas semanas de similar intercambio con mi amiga, finalmente decidí pedirle prestado su libro de Doctrina y Convenios; lo leí inmediatamente, luego leí "Los Artículos de Fe", por James E. Talmage. Después, llamé por teléfono a la oficina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y pedí que me enviaran misioneros.

Las cosas que éstos me enseñaron no me resultaban nuevas, sino que había aprendido a creer en ellas a través de los largos años de mi búsqueda. Cuando finalmente, el líder de zona que me entrevistó para el bautismo, me leyó escrituras de los hermosos pasajes de 3 Nefi, donde habla de la visita del Señor, con lágrimas en los ojos yo sólo podía repetir: 

"¡Lo sabía!, lo sabía!, ¡Ya sabía yo que Cristo tenía que haber visitado América!"

Después de mi larga jornada  había encontrado, por fin, la "antigua Biblia de las Américas".


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